Para muchos, la mejor película del mundo. Para mi, desde luego, la mejor película de Welles, y creo que las he visto todas.
Al morir, el millonario Charles Foster Kane (Una caricatura grotesca de Howard Hugues, que intentó por todos los medios impedir el estreno de la película, como muy bien se cuenta en otra gran película más moderna, RKO 281) pronuncia una única palabra; "Rosebud". Un ejército de periodistas se lanza a investigar para tratar de encontrar el significado de esa última palabra. Cuatro personajes que le han conocido creen tener la clave, pero en realidad ninguno sabe exactamente lo que quiso decir.
Independientemente de la forma magistral de tratar la película, con ese documental inicial que nos sumerge de lleno en la desmesurada personalidad de Charles Foster Kane, sus indudables adelantos técnicos (creo que es la primera vez que se ven los techos en una película, y las tomas desde el suelo) y esas entrevistas a los personajes (un redactor, su socio, su última mujer y un mayordomo), en la que incluso se repiten escenas contadas de distinta manera según la versión de quien las cuente, la película está compuesta, a mi juicio, de un gran número de historias, casi independientes entre sí, pero formando un gran conjunto, dignas de figurar para siempre en la historia del cine.
¿Que decir, en ese sentido, de la magnífica puesta en escena del deterioro de su primer matrimonio?. Kane y su mujer, sentados a la mesa, intercambian frases de amor y cariño al borde del empalagamiento. En la siguiente escena han pasado varios años, o meses. Ya no hay tanta felicidad, pero se siguen intercambiando frases corteses. Otros cuantos meses, o años. Kane trata de imponer sin ningún miramiento su autoridad sobre su esposa. En la última escena, cada uno lee, Kane un periódico y su mujer un libro, sentados a la mesa, pero sin intercambiar una sola palabra. Apenas un minuto de escena, y se ha descrito de manera perfecta el deterioro absoluto de un matrimonio.
Otro momento magnífico, a mi juicio, se produce cuando la reciente mujer de Kane canta ópera, de una forma patética, en un teatro que su marido había construido especialmente para ella. Leland, el amigo y socio de Kane, tiene que escribir la crítica de la actuación. Empieza, pero se queda dormido debido a que está borracho como una cuba. Kane aparece en la redacción y empieza a escribir en la máquina de Leland. Cuando este se despierta, comprueba que Kane está escribiendo una crítica más feroz que la que él mismo estaba preparando. Sin dejar de escribir, Kane le anuncia que está despedido. Es la última vez que se ven.
Pero sin ninguna duda, la escena que me empujó a ver la película una y otra vez, la que despertó en el crío de doce años que yo era por aquel entonces la afición a ver películas antiguas, era, como siempre (parece que se está convirtiendo en una rutina en esta página), la última escena, la que nos desvela, cuando el ejército de periodistas ha tirado por fin la toalla, que "Rosebud" no era otra cosa que el trineo de madera que tuvo cuando era niño, y con el que golpeó al banquero que le recogió de los brazos de su madre para llevarle a un internado. Kane había recordado, probablemente, el último objeto del que había disfrutado en una infancia que le robaron en el momento de meterle en el banco en el que se crió a partir de entonces. ¿No os parece poético?. Recordó el momento en el que había dejado de ser niño para convertirse en un filón humano.
Como colofón a este comentario, decir simplemente que vi esta película por primera vez en un programa de televisión que se llamaba "La Clave", presentado por Jose Luis Balbín. Un programa de verdad, con mayúsculas, que lograría, en el hipotético y nada probable caso de volver a emitirse, que muchos de los que hoy vomitamos al encender la televisión, nos quedáramos de nuevo enganchados a ella.
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