Resulta difícil asimilar que esta película tenga más vigencia hoy en día que cuando se estrenó, pero la verdad es que es así. Por aquel entonces, en España solo existían dos cadenas públicas, y la guerra de audiencias, que es de lo que trata la película, no significaba nada para nosotros.
Howard Beale (personaje interpretado por Peter Finch) presenta un informativo de televisión cuya audiencia está por los suelos. Ante la posible perspectiva de ser despedido, sufre un ataque de nervios, y en plena emisión de su programa anuncia que va a suicidarse en una fecha próxima. Esa noticia, lógicamente, dispara los índices de audiencia, y el bueno de Howard se convierte, ese mismo día, en una gran estrella mediática.
Llega la fecha, y lógicamente, no se suicida, y sobre todo cuando se encuentra en la cima de la popularidad. El programa empieza entonces a perder audiencia, y la cadena decide, en una fría reunión digna de figurar en los anales del maquiavelismo puro, que el bueno de Howard tiene que desaparecer, y que la mejor manera es hacerlo en directo, para lo que los altos ejecutivos se ponen de acuerdo con un comando de terroristas que lo asesinan a tiros en el mismo plató.
Los diálogos de esta película deberían transcribirse a un libro que fuera de obligada lectura para todo el mundo. Hay dos escenas, sobre todo, magistralmente logradas.
En la primera, un alto ejecutivo le dice a Howard Beale que ya no existe Dios, ni siquiera gobiernos, sino que el mundo, en esencia, pertenece a las grandes corporaciones, como IBM o General Motors. El bueno de Beale, trastornado prácticamente desde el principio de la película, se toma las palabras del ejecutivo como una auténtica revelación divina.
La segunda escena es el punto de final de la aventura amorosa que viven los personajes interpretados por Faye Dunaway y William Holden. En un diálogo lleno de tensión, Holden abandona a la mujer esgrimiendo que es incapaz de amar, que es fría como una merluza y unas cuantas exquisiteces más. La Dunaway se lo toma mal, en el único momento de debilidad de toda la película (y creo que uno de los pocos momentos de debilidad de toda su carrera), y le ruega que se quede, pero Holden se va. Poco después, es la Dunaway la que sugiere la ejecución de Beale en directo, quizá como un vehículo para vengarse del daño que ke ha causado Holden, por otro lado el único amigo de Howard Beale. Dunaway borda a la perfección en esta película el papel de fría ejecutiva a la que lo único que le importa es la audiencia y su consecuencia más directa, el poder y la pasta. Cualquiera diría, allá por el 76, que hoy en día se iba a repetir la historia.
Una gran película, en definitiva, premonitoria y dura, sobre lo que nos acontecerá como sigamos aborregándonos con la pequeña pantalla.
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